La Religión Escandinava VI (continuación)

6.4.- Sacrificios humanos

Las fuentes cristianas son especialmente prolijas en el relato de
sacrificios humanos, resultarían sospechosas por tópicas si no
poseyesemos el apoyo de otras fuentes literarias (como Tácito en el
caso de Nerthus) o la arqueología. El hombre ocupa el más alto lugar
en la escala sacrificial como inferimos del relato de la muerte del
rey Dómaldi, puesto que ante la hambruna se comenzó inmolando
animales, luego un hombre y por último al propio rey. Frente al
sacrificio normal, la ceremonia en estos casos no era seguida por un
banquete canibal, por lo que la víctima humana cerraba el ciclo
ceremonial por sí misma sin la necesidad de la socialización por el
reparto. Se trata, por lo tanto de un rito destructivo que se basa
en la potencia significativa de la sangre humana. Su orígen temporal
es difícil de determinar pero Tácito ya la conocía y en un contexto
bélico las fuentes greco-latinas la testifican durante la invasión
de cimbrios y teutones a finales del siglo II a.e.
La guerra es el ámbito en el que el sacrificio humano aparece mejor
explicado. Actúa como medio de desentrañar el futuro en combates de
campeones o en la lectura de vísceras humanas y como medio de pago
por la victoria alcanzada. Odín es el hangagud, el dios de los
colgados, que exige sacrificios de los prisioneros tras la batalla
(como experimentaron en Teutoburgo las tropas de Varo); estos
rituales no se pueden desvincular de los que se realizan con el fin
de consagrar el botín por medio de su destrucción. Es posible que la
finalidad de estas prácticas fuese impedir el excesivo atesoramiento
de prisioneros y riquezas por parte del grupo de guerreros que
formaban parte de las expediciones militares, lo que hubiera podido
conllevar una diferenciación de riquezas (y por lo tanto de estatus)
que pudiera haber puesto en peligro la paz social.
Los sacrificios humanos en turberas son particularmente impactantes
de resultas de que los arqueólogos, como ilustra la obra de Glob,
han extraído en algunos casos los cuerpos humanos en un estado de
conservación excelente (como el hombre de Tollund, Dinamarca).
Conocemos en algún caso la dieta especial a la que se sometió a los
sacrificados a base de vegetales muy variados y el modo de la
muerte, que varía en el grado de violencia desde un simple
ahogamiento a previos colgamientos, degollamientos o fracturas
mortales. El ajuar aparece en las turberas muchas veces
deliberadamente deformado y despedazado y sin que la práctica pueda
explicarse del todo, parece que se inserta en la constante religiosa
entre los pueblos indoeuropeos de la ofrenda a las aguas o a los
manantiales.
Estas dos modalidades de sacrificio humano de tipo destructivo
resultan un reto para los instrumentos explicativos que utiliza el
historiador de las religiones, ya que se comprenden muy mal. No
cumplen una función ecológica cuya hipotética finalidad fuera la de
equilibrar la dieta, puesto que no hay consumo de las víctimas
sacrificiales (por lo tanto no nos sirve para la comparación la
explicación del sacrificio azteca desarrollada por los ecólogos
culturales); tampoco cumple como un medio de control del tamaño del
grupo puesto que esa función se realiza apelando a la escisión
grupal (y para sustentarlo han desarrollado de un modo muy eficaz
ciertas instituciones guerreras).
En algunos casos el sacrificio humano era de índole adivinatoria,
como vimos; el muerto actúa como el medio más poderoso de poner en
contacto el mundo de los hombres con los mundos imaginarios y por
medio de la necromancia penetrar en las brumas del futuro, una de
las obsesiones de los germanos.
El sacrificio del rey, que ya se revisó, resulta de una índole
particular puesto que busca hacer desaparecer un personaje cuya
presencia se reputa contraproducente para la colectividad. No se
trata en ningún caso de un ritual de acción de gracias ni de
cumplimiento de un débito con los dioses sino de una ceremonia
consensuada de reequilibrio sagrado por medio de la expulsión (por
su sacrificio) del elemento que impide el correcto desarrollo de la
vida colectiva.
El sacrificio humano funerario que testifica Ibn Faln si lo
relacionamos con el modelo mítico de la oportuna muerte de dolor de
Nanna, la esposa de Baldr, parece indicar que pudo existir, en
cierto momento, un sacrificio de la esposa junto al marido muerto,
práctica que posteriormente debió de sustituirse por sacrificios de
animales o de esclavos. De todos modos en este como en otros casos
resulta muy complicado ahondar en una visión dacrónica de las
prácticas religiosas germanas y escandinavas y sobre todo determinar
el momento de su implantación (que parece tener que ver con la
aparición de una élite determinada que requería funerales en los que
el estatus personal del difunto quedase bien patente en un ajuar
funerario imponente -y que se sustentaba en la necesidad imaginaria
de llevar una vida sexual en el más allá).
El sacrificio humano abre una incógnita en nuestra comprensión
general del sacrificio germano y escandinavo. Los rituales
destructivos (por muy ávidos de sangre que estén los dioses) se
explican mal frente a los rituales de socialización por medio del
banquete (que cumplen una labor de cohesionar al grupo por medio del
reparto) y así la noticia de Adán de Bremen (IV, 27) nos sume en una
perplejidad parecida a la del autor cristiano que la transmite (la
incomprensión de la necesidad de la insistencia en la destrucción):

“Consagran nueve ejemplares machos de cada especie de criatura viva
pues piensan que se calma a los dioses por la efusión de la sangre.
El bosque (de Upsala) es de índole tan sagrada para los paganos que
estiman como divino cada uno de sus árboles por causa de las
víctimas allí inmoladas. Se cuelgan también perros y caballos junto
a los hombres y un cristiano me contó que vió una vez setenta y dos
cuerpo colgados”.

~ por stigmadiabolis en 29 Octubre, 2007.

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